Cuando se abre la puerta de su casa lo primero que se asoma es el silencio. Este sigilo no corresponde a una ausencia de palabras sino a la señalación precisa en el sendero que lleva a sus pinturas. Pareciera como si una mano gigante se posara en los labios del viento para que ningún sonido impida escuchar los pasos de un caballo que deambula a su antojo por lo pasillos de su estudio.
Me recibe la furia de un místico que nació pintor. No soy crítica de arte. Ni falta que me hace, por que para mirar tengo los ojos detrás de los anteojos y una intuición afilada que desempolvé hace mucho tiempo cuando las múltiples teorías (unas acertadas y otras no) sobre nuestros pintores se silenciaba en un accidente de Avianca.
A mí me gustaría contar otras cosas. Contar por ejemplo la revelación de un iris disidente, de un ciudadano de la contravía “calurosa y feliz” de Barranquilla.
.Subo las escaleras de su casa de alquiler, me guía un olor a trementina y la silueta lejana de un ser que no logro distinguir con tanta luz sobre mis ojos. Me recibe el abrazo del místico mientras mantiene la ceja derecha elevada como un puente, que donde debería pasar un río se desliza en cambio una mirada critica, que lanza puñales y se divierte con las metáforas de sus pinturas. Estoy dentro. Estoy en el otro lado del espejo. Por eso no me extraña que unas balas doradas se encuentren servidas sobre una taza de café ni que la mujer encargada de abastecernos del azúcar, traiga la cucharita ensortijada en su dedo índice. Todo puede suceder en la casa de un hombre que se convirtió en el demiurgo de las “otras visiones” y que no necesita ni el acompañamiento de una corte de lacayos ni una certificación de la “National Geografic Sideral” para demostrar a quienes deseen verlo que el diablo no es como lo pintan.
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Me gusta la gente consecuente. Son una especie en peligro de extinción. Sobre todo, cuando parece tan fácil acabar avalando un sistema cruel que nos ha obligado a vivir en la ignominia. Roberto Rodríguez es una voz de resistencia que no ha vendido su alma al diablo, no ha ocupado un cargo público, no ha traficado con cócteles, no se ha hecho propaganda con un gran escándalo, no se ha exiliado sin motivos, no frecuenta ningún círculo que no sean el de la redonda orbita de unas presencias que se anticipan a su memoria. Me gusta la gente consecuente. La que prefiere que sus hijos aborden los trenes menos peligrosos, la que pasa de largo frente a las trampas de una aureola sintética, la que ha sido tocada por el ángel y anda por hay como si no fuera con ellos.
Maria Matilde Rodríguez Jaime 2004
Lo importante aquí es situarnos frente a la obra de Rodríguez para mirarla en ese plano diferencial en el que el se ubica frente a lo mas visible y representativo de nuestro panorama. Lo primero que esta mirada nos ofrece es un trabajo que no encaja en los referentes formales y conceptuales a que estamos acostumbrados. La prolijidad del oficio; la calidad de su factura; la ambición de los formatos; el discurso argumental de su relato visual; su inscripción resuelta a una poesía surreal que en virtud del resultado desafía claramente el cliché de lo surreal previsible, fabricado y sucedáneo que enfermo de gravedad a mucha pintura latinoamericana. La superación del simple prodigio compositivo y el virtuosismo técnico que se detiene en la profundidad de las ideas, es lo que queda siempre claro en términos de su búsqueda y aquello que hace del trabajo de Roberto Rodríguez un caso singular entre nosotros.
El resultado mas evidente es la impresión certera de que no parece una obra concebida y producida por un pintor barranquillero en Barranquilla, y eso, que parece poco, no lo es si pensamos en lo poderosamente distractora y disuelta que puede resultar la ciudad misma para quien pretende concentrarse en un proyecto estético personal. La desestimación de los referentes previsibles del imaginario cultural y social de nuestra realidad local, regional, o nacional, para inventarse espacios ilusorios urbanos o naturales alterados por toda la gestualidad surrealista de su pintura, contribuye en mucho a generar esa excepcionalidad de su trabajo.”Es otra cosa”, pudiera ser la frase con la que calificaríamos la experiencia.
Miguel Iriarte 2005
Contemplar la obra de Roberto Rodríguez es presenciar un trabajo abundante en sorpresas, juego, misterio y a la vez, riguroso en la consecución de cada elemento y detalle que en ella nos presenta. Desde sus primeros dibujos y acuarelas, hasta sus últimos óleos, han transcurrido años de trabajo sin pausa en la exploración de técnicas, materiales y puntos de vista, tiempo sin medida en el despertar de sí mismo y de temas y elementos que lo atraviesan o lo habitan: el cuerpo, el caballo, la ciudad, diversos objetos de su tiempo y lo antiguo a la vez, África, la fauna, lo líquido, lo sagrado, el juego, las texturas, el dolor, el espejo, el tiempo, el erotismo, la muerte, el espacio. Elementos tomados de aquello que acordamos en llamar realidad y que representa muy fielmente pero que, una vez escogidos y dispuestos por el artista, pasan a ser un medio para el decir de éste, más allá de su definición convencional; un medio para expresar más que una realidad exterior, su particular manera de percibirla, de vivirla, recordando así la afirmación de Degas:”El dibujo no es la forma sino la manera de ver la forma”.
Este “poder decir” a través de la plástica que nos presenta Rodríguez, abre el abanico de posibilidades que la realidad contiene o que a ella escapan y que la atención de un verdadero artista devela. Crea espacios que vibran de presencia, donde encontramos exóticas condensaciones y desplazamientos, y un encantador y cuidadoso manejo de la luz, la línea, la perspectiva, el color y la forma. Metáforas acertadas que han tenido impacto sobre el lienzo, el papel, el bronce, el cartón y la madera, capturadas imposiblemente en el río siempre nuevo y sin fin que atraviesa al artista y que es él mismo; río de imágenes vivas que inquietan y deleitan de manera inevitable.
Paola Díaz 2001
Estoy llamando a que se entienda un punto de vista en particular, el de este gran pintor, a que no se premedite el encuentro con ninguna de sus obras pues tengo la certeza que detrás de cada una de ellas siempre se esconden muchos interrogantes que permiten mantener abierto el interés hacia un próximo trabajo suyo.
Trebor Francisco R. 1996 |